Mis referentes

Mis tiras de cómic favoritas son las de Quino, con Mafalda, Bill Watterson, con Calvin & Hobbes, y Antonio Fraguas, Forges, con sus clásicos personajes.

Santis y Q3 imprenta v3 viñetas intercaladas con texto

Cada una de ellas llegó a mi vida por diversas razones, en distintos momentos. En realidad, mucha de la responsabilidad de que haya escrito estas viñetas la tiene María Carballo, mi vecina de arriba de cuando vivía con mis padres. Gran amiga y compañera de carrera, María, que siempre supo cuidarme mejor que yo a ella, me regaló un 25 de enero la colección con los diez libritos de Mafalda. Desde entonces aquellos libritos que aún hoy conservo, se convirtieron en mi lectura de “descompresión” durante la época de exámenes en los cinco años de la carrera de Derecho. Prueba del buen gusto de María es que otro 25 de enero me regaló El Principito de Saint-Exupéry.

El hermano de María tenía la mejor colección de cómics que he visto en mi vida. Tenía un cuarto que era un sueño para cualquier adolescente. En el ático/buhardilla que les correspondía en el bloque de pisos. Suficientemente separado de la casa de sus padres como para tener intimidad, pero suficientemente cerca como para disfrutar de todas las ventajas de vivir subvencionado. Recuerdo que todas las paredes del ático estaban forradas de estanterías llenas de cómics de Blueberry y de otros muchos, muy apretados formando colecciones enteras.

Desde aquellos exámenes los personajes de Mafalda se convirtieron en algo familiar. Mis hermanos José Enrique y Elisa los leyeron también, los adoptaron como propios y, poco a poco, muchas de sus expresiones se fueron incorporando al lenguaje familiar, de por sí lleno de frases hechas y de palabras que se han ido sumando al acervo familiar según han ido pasando las generaciones.

Especialmente, José Enrique tiene un humor muy “mafaldiano”. No es de extrañar que disfrute tanto con series como Friends, Big-Bang Theory y algunas comedias de situación españolas, donde la pauta de funcionamiento es la rapidez mental y la capacidad para resolver las situaciones a través de respuestas ingeniosas e inverosímiles.

Mi mujer Irene, lectora voraz, los fue leyendo en aquella época sentada en el borde de la cama mientras yo terminaba de estudiar antes de salir a dar una vuelta. Como consecuencia de aquellas lecturas hoy somos capaces de recordar muchas de las historias de Mafalda en su literalidad.

A Mafalda le sucedió Calvin & Hobbes. Un dibujo mucho más actual, más trabajado y con unos argumentos diferentes. Como ocurre con Mafalda, los argumentos de Calvin & Hobbes son intemporales.

Calvin & Hobbes llegaron a mi vida, ya de adulto, en un viaje a Estados Unidos. Cuando los descubrí me parecieron unos dibujos entrañables, tiernos y muy divertidos. Yo ya tenía hijos para aquella época y la relación de Calvin con sus padres me parecía muy inteligente. Como con Mafalda en su día fui incorporando los libros de Calvin y Hobbes a mi biblioteca. Los tiempos han cambiado, algunos los he comprado por Internet, otros me los trae mi hija Alba cuando vuelve de estudiar en Canadá y otros los compro yo directamente en Madrid.

Calvin y Hobbes son extraordinarios en el texto y en el dibujo. La vida fantástica de Calvin, el vínculo mágico con su tigre de peluche, su relación de amor odio con las chicas. Su rebeldía con el colegio y con las normas establecidas.

Tanto de Quino como de Watterson, y también de Mingote, admiro su capacidad para hacer una viñeta que no necesite texto para ser completa. Jugar con el texto es bastante más fácil. Para hacer un dibujo sin texto que funcione hay que tener mucho talento.

Forges, con sus muñecos narigudos, es un maestro inventando palabras e imitando el hablar castizo de su universo. He llorado de risa con algunas de sus viñetas extraordinariamente sencillas e inteligentes.

Mi relación con el trabajo de Forges se remonta a mi niñez. Cuando yo estaba en el colegio, Forges tuvo el detalle de regalarnos un dibujo suyo para hacer una pegatina y venderlas a nuestros conocidos para pagar nuestro viaje de estudios. Por otro lado, mi padre trabajó en la administración y alguien le regaló una escena en arcilla con dos de sus “funcionarios” en un diálogo muy cómico que estuvo años en la estantería del salón. De aquella época tengo una colección de postales con viñetas suyas.

Historias de Mafalda no va a haber más. Desafortunadamente, Watterson ha dejado descansar de momento a Calvin y Hobbes.

Desde hace tiempo busco y curioseo en las librerías qué se está haciendo en el mundo del cómic. Veo con satisfacción que surgen nuevos escritores y dibujantes que están modernizando el género. Cuentan historias muy variadas, con personajes de trazado y estética moderna. Pero no encuentro viñetas cortas que me despierten la curiosidad y el deseo que me provocaron Quino y Watterson.

Aún hoy, durante épocas concretas que empiezan y terminan sin mi consentimiento expreso, cuando quiero bajar los niveles de actividad cerebral antes de acostarme, leo muchas noches mis libros de tiras favoritos.

Como el tiempo pasa, Irene y yo vemos ahora a nuestros hijos reírse con la lectura de los mismos libros que nos hicieron reír a nosotros. Creo que el humor también se educa. Sea cual sea la vida que elijan llevar en el futuro, estoy seguro de que el sentido del humor les será extraordinariamente útil en los momentos buenos y más aún en los malos. Cuando íbamos a empezar a tener hijos, hace ya más de veinte años, deseábamos para ellos salud, inteligencia para vivir la vida y sentido del humor. Tenemos tanta fortuna que los cuatro han sido bendecidos con esos tres dones.

Con salud, inteligencia y sentido del humor todo en la vida es llevadero y resulta frecuentemente gozoso.

Quiero dedicar unas palabras a mi compañero de viaje en esta aventura. Pedro Ezkurra. Decidimos firmar las viñetas como Lalo y Kepa que eran nuestros nombres familiares de la infancia. Él de Bilbao, yo de Málaga. El muy del norte, yo muy mediterráneo. El muy boinón, yo muy redicho.

A Pedro lo conocí remando en una piragua para dos en Cádiz hará diez años. Nuestro común amigo Iñaki, con su poder de convocatoria intacto desde que éramos adolescentes, nos reunió allí durante el verano para pasar unos días tomando rebujito y disfrutando de la playa. No recuerdo muy bien cómo llegamos a la piragua, pero allí estábamos Pedro y yo remando paralelos a la playa empezando a conocernos. Durante aquel rato Pedro me contó con mucha franqueza sus orígenes familiares y afectivos, su dedicación actual y algunas pinceladas de su visión de la vida. El más a proa, yo más popa, metiendo el remo al compás acercándonos a la entrada de Marín.

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Me pareció un tipo muy interesante, sencillo, con un gran corazón y con quién se podría contar en el futuro. En aquella época nuestra empresa estaba creciendo y contratábamos personas para algunos puestos concretos. Afortunadamente surgió un trabajo que Pedro podía desempeñar y le hicimos una oferta para que se sumara al proyecto. Desde entonces ha realizado diversas funciones, ganando en responsabilidad y confirmando mi impresión de aquel día en la piragua. Entró como responsable de mantenimiento, pero se terminó consagrando, entre otras cosas, como cocinero honoris causa. Ninguno podíamos sospechar en aquel momento que haríamos viñetas juntos. De hecho, sus habilidades con el lápiz a mano alzada no se refirieron hasta años más tarde. Luego descubrí que hasta había ganado un premio en su pueblo por un cómic filosófico y “underground”.

Probablemente es más fácil escribir un argumento para una viñeta que dibujarlo. Al menos se escribe más rápido que se dibuja. Pedro ha hecho cientos de dibujos sin cobrar por ellos durante muchos meses, incluso años. Son muchas tardes y noches dibujando para poder entregar. Siempre espero los dibujos con una gran expectativa. En muchas ocasiones descubro que encierran claves y segundos niveles de lectura que yo no había imaginado cuando escribí la viñeta.

Yo le presiono para que dibuje más rápido. El se recrea en la suerte y le gusta hacerlo a su ritmo. Vamos aprendiendo juntos. Yo, a buscar la palabra precisa y él, a dibujar estados de ánimo y actitudes.

Para terminar estas palabras de introducción quiero agradecer a Montse Mateos y Tino Fernández del periódico económico Expansión su confianza cuando estas viñetas estaban comenzando a dibujarse. Son dos trabajadores incansables que se han echado el periódico a la espalda.

Lo cierto es que fue a los primeros a quienes les ofrecimos las viñetas y su acogida fue inmediata. Estaban dándole una vuelta al suplemento y la viñeta les parecía un elemento más que podían incluir. Para nosotros, vernos publicados los fines de semana con el diario Expansión y los domingos con El Mundo, fue un privilegio.

El espacio del periódico limita lógicamente la viñeta. Inicialmente, la mayoría estaban escritas para ser resueltas en cuatro o cinco viñetas. Cuando empezamos a publicarlas en el periódico nos dimos cuenta de que había que resolverlas en una o dos viñetas como mucho. En el fondo Pedro estaba encantado porque así dibujaba menos. Yo resiento más la limitación en el desarrollo de los argumentos. En cualquier caso, el ejercicio de concreción obligado por el espacio cuando publicamos nos parece siempre retador y divertido.

Nos “vetaron” algunas viñetas por distintas razones. En una ocasión habíamos dibujado a un jefe un poco abusador, ataviado con tirantes que resultaba demasiado parecido al director de su periódico de ese momento. Me llamaron a los diez minutos de recibir la viñeta para preguntarme si queríamos que les despidieran del periódico. En otra ocasión el argumento de la viñeta era sobre un nuevo jefe llegado a la empresa, que tenía pinta de ser igual de incompetente que los anteriores. En ese momento se había incorporado un nuevo jefe a su departamento en el periódico y parecía que le estaban dedicando el chiste al recién llegado.

A mí me parecía muy divertido que nos “censuraran” la viñeta. Salvando todas las distancias, me recordaba las historias que me contaban de cuando a “La Codorniz” le secuestraban la edición por meterse con el régimen de Franco. Pedro, que le había dedicado horas al dibujo, lo llevaba con peor humor, entre otras cosas porque había que hacer otra a toda velocidad. Entre nosotros bromeábamos pensando que algún día publicaríamos las viñetas prohibidas.

Esa época fue muy educativa para nosotros. Aprendimos, entre otras cosas, que no puedes hacer viñetas pensando en si le va a gustar al editor. Cuando tratas de acertar con los gustos de otros empiezas a serte infiel a ti mismo. Eso nunca funciona. Llegamos a enviar varias viñetas distintas para que eligieran la que más les gustaba. Al final las que se descartaban no las recuperábamos para la publicación lo que suponía un trabajo extra que no nos podíamos permitir.

En cualquier caso, el periódico nos dio una oportunidad que agradecemos de corazón. Posteriormente, las viñetas no se siguieron publicando por nuestra inexperiencia y falta de oficio.

Veintidós viñetas las utilizamos para ilustrar el libro “El Modo de Pensar de los Directivos” que escribí con Iñaki de Miguel. Algunas están en este libro. Otras muchas las fuimos enviando a nuestros clientes y amigos por Internet a razón de una por semana bajo el título “Hablando en serio”. Nos parecía una forma sencilla de comenzar la semana con una sonrisa.

Una pintada se define como un grito en la pared. Una viñeta, pretendidamente cómica, unas veces es un guiño de complicidad y otras una patada en la entrepierna.

Sé, después de publicar cuatro libros sobre liderazgo, que los libros tienen vida propia. No sabemos qué suerte correrán estas viñetas. Si a ti, lector, te sirve para recordar algo esencial, te provoca una sonrisa, o te sirve para comenzar una presentación de una forma más desenfadada, ya habrá cumplido su objetivo. En realidad, a nuestra manera, solo queremos cambiar el mundo.

Gonzalo Martínez de Miguel

La Arena, Mayo 2016

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